Mundo y seguridad

Starlink, el ritmo de lanzamientos y una silla vacía: nuevas evidencias del desequilibrio de poder espacial entre EE. UU. y Europa

Según el programa «Débat» de France 24, Trump busca alcanzar el objetivo de 1.000 lanzamientos de cohetes al año, y quien marca ese ritmo es SpaceX, cuyos módulos reutilizables otorgan a Estados Unidos una ventaja arrolladora en frecuencia de lanzamientos frente a sus competidores. El cohete europeo Ariane apenasará unos 10 lanzamientos el próximo año; Alemania se retiró de la copresidencia de la Cumbre Espacial Internacional de París y, según informes, la Casa Blanca presionó a líderes del sect

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TRUTH ERA

El presidente estadounidense, Trump, aspira a alcanzar el objetivo de 1.000 lanzamientos de cohetes al año, pero quien marca ese ritmo no es la agencia espacial nacional de Estados Unidos, sino SpaceX, la empresa de Elon Musk. Según informó el programa «Débat» de France 24, los módulos reutilizables de SpaceX otorgan a Estados Unidos una ventaja arrolladora en frecuencia de lanzamientos frente a sus competidores. Las consecuencias políticas de esta combinación de tecnología y capital se están manifestando de la forma más cruda en el campo de batalla ucraniano: el programa cita que el presidente de Ucrania se vio obligado a pedir a Musk que le permitiera utilizar el sistema de satélites de órbita baja Starlink para atacar lanzadores de misiles de crucero rusos.

Cuando un presidente se ve en la necesidad de «suplicar» a un empresario privado el uso de su red de satélites para llevar a cabo una operación militar, los límites de la llamada «soberanía» y de las «alianzas» han sido ya redibujados. La propia narrativa de la «súplica», tal como la cita la reportagem, constituye de por sí un hecho político: en una era en la que las comunicaciones en órbita baja se han convertido en infraestructura clave de la guerra moderna, el Gobierno estadounidense no es el único —ni siquiera el más directo— guardián de acceso; el interruptor real de Starlink está en parte en manos del propio Musk.

La brecha en el ritmo de lanzamientos resulta igualmente llamativa. Según informó el programa, el cohete europeo Ariane apenasará unos 10 lanzamientos el próximo año, una cifra descrita como «llegar tarde a la carrera espacial». El pasado fin de semana, Noruega completó su primer lanzamiento privado, colocando en órbita un satélite alemán: los países europeos intentan cubrir el vacío mediante lanzamientos comerciales descentralizados, pero, comparados con la frecuencia de lanzamientos de SpaceX, esos esfuerzos tienen un valor más simbólico que efectivo como追赶.

Las señales en el plano político son igualmente severas. El programa señala que Alemania se retiró de la copresidencia de la Cumbre Espacial Internacional de París y que, según informes, la Casa Blanca influyó para que los líderes del sector aeroespacial estadounidense no asistieran a dicha cumbre. France 24 atribuye claramente esta acción de la Casa Blanca como «según informes», sin que se haya constatado confirmación pública por parte estadounidense; pero el resultado es doble: Washington no solo lidera en capacidad de lanzamiento, sino que además busca reconfigurar el debate multilateral en torno al espacio, haciendo que tanto aliados como empresas nacionales se ausenten, dejando así vaciado de contenido político un foro que debía discutir la gobernanza espacial global y la gestión de los desechos en órbita.

El espacio ya no es una frontera alta y alejada de la geopolítica. Es la suma del número de plataformas de lanzamiento, la tecnología reutilizable, el ancho de banda de las comunicaciones en órbita baja y los permisos de acceso al campo de batalla, y las reglas de esa pugna las escriben, conjuntamente, una empresa privada estadounidense, una Casa Blanca proclive al «America First» y el poder efectivo que ambas ejercen sobre aliados y países receptores. En el momento en que Noruega puso en órbita un satélite alemán, también se nos recuerda que, en un escenario donde las capacidades de lanzamiento y de comunicación han quedado monopolizadas por una sola empresa, la所谓的 «gobernanza espacial» es, ante todo, un problema de distribución: quién puede subir al espacio, quién puede comunicarse y quién puede golpear.

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