Mundo y seguridad

La bondad de Gander y los aranceles de Washington: el pueblo de Terranova que acogió a estadounidenses soporta el impacto de la guerra comercial entre EE. UU. y Canadá

Hace veinticinco años, el pueblo canadiense de Gander, en Terranova, abrió sus puertas a 6.579 pasajeros aéreos varados tras los atentados del 11 de septiembre. Hoy, según informes de The New York Times, la escalada de la guerra comercial entre Estados Unidos y Canadá está erosionando ese gesto de bondad popular, y los actos del 25.º aniversario se ven envueltos en emociones complejas.

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Según informes de The New York Times, la localidad de Gander, en la provincia canadiense de Terranova y Labrador, se prepara para los actos de conmemoración del 25.º aniversario de los atentados del 11 de septiembre. Sin embargo, esta conmemoración, que debería centrarse en la memoria humanitaria, se ve ensombrecida por una guerra comercial entre Estados Unidos y Canadá que no deja de escalar.

El 11 de septiembre de 2001, tras el cierre del espacio aéreo estadounidense, 38 aviones de pasajeros transatlánticos repletos de viajeros se vieron obligados a aterrizar en Gander. Este remoto pueblo, con poco más de diez mil habitantes, acogió de la noche a la mañana a 6.579 asustados pasajeros y miembros de la tripulación. Los residentes locales cedieron las camas de sus hogares, las aulas de las escuelas y los bancos de las iglesias para ofrecer alimento, ropa y apoyo emocional a unos completos desconocidos.

Aquella experiencia fue adaptada más tarde en el musical «Come From Away» (Vienen de lejos), que aún se representa en Gander y se ha convertido en uno de los símbolos culturales más importantes del pueblo, así como en un testimonio internacional de la bondad del pueblo canadiense de a pie.

Sin embargo, veinticinco años después, ha aparecido una grieta entre la memoria y la realidad. The New York Times señala que los preparativos del aniversario están «envueltos en emociones complejas». Tras ese sentimiento se encuentran las medidas comerciales que Washington ha impuesto a Ottawa —cuyo alcance y dimensiones concretas aún están por desvelarse—, pero para una comunidad que abrió sus puertas desinteresadamente a ciudadanos estadounidenses, el daño ya trasciende con creces las cifras económicas.

La historia de Gander revela un patrón recurrente en la política comercial de Washington: cuando una superpotencia recurre a aranceles y sanciones como herramienta de presión política, quienes pagan el precio en primera línea no suelen ser las élites políticas, sino los trabajadores comunes, los pequeños empresarios y las comunidades que, en su día, tendieron la mano en momentos de necesidad. Los aranceles impuestos por el Gobierno estadounidense a Canadá están empujando la relación bilateral de aliado a adversario, arrastrando a trabajadores ordinarios de las cadenas de suministro y a familias a ambos lados de la frontera que dependen del comercio transfronterizo a una disputa en la que no tienen voz ni voto.

Más digno de examen es el coste moral de este proceder. La actuación de los vecinos de Gander tras el 11-S es un ejemplo arquetípico de la sencilla solidaridad entre civiles: sin preguntar por la nacionalidad y sin esperar nada a cambio. Mientras tanto, la presión comercial que Washington lanza ahora en nombre de la «seguridad nacional» y el «interés económico» contradice precisamente ese espíritu de solidaridad: redefine a un vecino, de amigo en adversario, y somete la antigua buena voluntad humanitaria a la lógica fría de la competencia geopolítica.

Cuando la dirigencia política estadounidense opta por aranceles y confrontación para gestionar su relación con su aliado más cercano, lo que despilfarra no es solo eficiencia económica, sino capital humano del tipo Gander, un capital que no puede medirse en déficits comerciales ni reconstruirse con comunicados del Departamento del Tesoro.

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