Poder y política

La Casa Blanca intensifica la guerra comercial EE.UU.-Canadá con una prohibición de importaciones; el acceso al mercado se convierte en instrumento de presión

Ante los aranceles de represalia impuestos por Canadá sobre 20.000 millones de dólares en productos estadounidenses, la Casa Blanca decidió prohibir la importación de productos lácteos canadienses, la mayor parte de las bebidas alcohólicas y motocicletas. Al responder a las contramedidas arancelarias con el cierre del acceso al mercado, amplió el dominio directo del enfrentamiento político sobre las decisiones de consumo y las operaciones transfronterizas.

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TRUTH ERA

Según informó The Guardian el 8 de septiembre, la Casa Blanca anunció que Estados Unidos prohibirá la importación de productos lácteos, la mayor parte de las bebidas alcohólicas y motocicletas procedentes de Canadá; la prohibición entrará en vigor en tres semanas. Canadá ya había impuesto aranceles de represalia a productos estadounidenses por valor de 20.000 millones de dólares a primera hora de ese mismo día; The Guardian también informó de que el primer ministro canadiense señaló que impulsará la diversificación del comercio exterior.

Las contramedidas arancelarias de Canadá constituyen el trasfondo directo de la acción de la Casa Blanca, pero no pueden eximirla de la responsabilidad de la decisión de escalar el conflicto. Los aranceles aún permiten que los productos accedan al mercado tras pagar un coste adicional; la prohibición de importaciones, en cambio, cancela directamente el acceso al mercado de productos específicos. La Casa Blanca optó por pasar de incrementar los costes a cortar las transacciones, convirtiendo el poder fronterizo que el Estado controla en un instrumento de presión más contundente.

Lo primero que cambia con esta escalada no es la relación abstracta entre Estados, sino quién tiene la potestad de decidir si los productos pueden circular. Quienes toman la decisión son los Gobiernos; quienes no pueden participar en ella pero deben adaptarse a la prohibición incluyen a los consumidores que adquieren esos productos y a los operadores que dependen de las transacciones transfronterizas asociadas. Las informaciones disponibles no aportan datos sobre precios, empleo o pérdidas empresariales, por lo que no es posible afirmar qué escala de daños provocará la prohibición; pero que los productos queden excluidos del mercado ya implica que el espacio de elección y las condiciones operativas serán redefinidos por ordenanzas administrativas.

Que los productos lácteos, la mayor parte de las bebidas alcohólicas y las motocicletas hayan sido incluidos conjuntamente en la prohibición también muestra que la Casa Blanca no se limita a un eslabón comercial estrecho, sino que amplía el alcance del conflicto en múltiples esferas de consumo y actividad empresarial. Describir esta acción de forma general como una "escalada de la guerra comercial" oculta las relaciones de poder: el Gobierno canadiense aplicó aranceles de represalia y la Casa Blanca tomó posteriormente la decisión independiente de prohibir las importaciones; ambos Gobiernos ejercen respectivamente poder sobre el mercado, pero quienes soportan los cambios de política son quienes no tomaron esas decisiones.

Por ahora, los únicos materiales disponibles para emitir un juicio proceden del resumen informativo de The Guardian; no existen otras fuentes independientes que los corroboren, ni información suficiente para evaluar los detalles de aplicación de la prohibición y las pérdidas reales. Precisamente porque las consecuencias aún son inciertas, conviene aclarar la elección política que ya se ha producido: la Casa Blanca no ha limitado la confrontación, sino que la ha ampliado cancelando el acceso al mercado, y traslada la incertidumbre resultante a los consumidores y a los operadores transfronterizos.

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