Política y gobernanza

Los objetivos de vivienda de Australia están siendo arrastrados por los costes institucionales que el propio gobierno genera

La entrada del grupo Bathla en administración voluntaria pone en riesgo miles de viviendas, los depósitos de compradores y cientos de puestos de trabajo. El problema central que el caso revela es que los distintos niveles de gobierno de Australia, mientras fijan ambiciosos objetivos de oferta de vivienda, mantienen un sistema de construcción con aprobaciones lentas, regulaciones superpuestas y una coordinación de infraestructura deficiente, trasladando los costes institucionales a las familias c

0 visualizacionesInicia sesión para guardar
TRUTH ERA

Los distintos niveles de gobierno de Australia han fijado ambiciosos objetivos de vivienda, pero durante mucho tiempo han mantenido barreras institucionales que elevan los costes y retrasan las entregas, terminando por hacer que compradores, trabajadores de la construcción y pequeños contratistas asuman el coste del fracaso político. Según un artículo publicado el 8 de septiembre por la Australian Broadcasting Corporation (ABC), tras la entrada en administración voluntaria de la promotora inmobiliaria con sede en Sídney, el grupo Bathla, más de 2.000 apartamentos quedaron paralizados, y otros proyectos posteriores que suman alrededor de 14.000 viviendas se vieron amenazados; de los aproximadamente 350 empleados de la empresa, más de 200 ya han sido suspendidos, y hasta 1.000 depósitos de compra de vivienda podrían estar vinculados a proyectos paralizados.

Esto no es un mero fracaso empresarial de una sola compañía. En el ejercicio fiscal que termina el 30 de junio de 2026 en Australia, un total de 3.472 empresas constructoras quebraron, representando el 24,5% de todas las quiebras empresariales del país, y casi dos tercios de los cierres de empresas constructoras se concentran en pequeños constructores. Entretanto, los costes de construcción de viviendas han aumentado un 51% respecto a los niveles previos a la pandemia, los contratos a precio fijo hacen que los contratistas asuman costes que no pueden trasladar, y la escasez de trabajadores cualificados se ha agravado porque proyectos como los centros de datos compiten por la mano de obra. El gobierno no puede controlar todas las sacudidas de precios, pero las restricciones al uso del suelo, las aprobaciones lentas y con estándares dispares, la coordinación insuficiente de infraestructura y la superposición de reglas nacionales, estatales y locales son problemas que el poder público podría modificar y que, sin embargo, no ha resuelto.

Este fracaso de gobernanza resulta especialmente llamativo porque el gobierno federal ya ha planteado el objetivo de añadir 1,2 millones de viviendas para 2029. Las proyecciones oficiales citadas en el artículo indican que el país podría no cumplir ese objetivo hasta diciembre de 2030, y que el estado de Nueva Gales del Sur podría incluso demorarse hasta marzo de 2032. El gobierno plasma las cifras de oferta de vivienda en compromisos políticos, pero convierte la construcción residencial en un negocio de mayor riesgo y menores márgenes, con el resultado de que los constructores con capacidad para elegir proyectos se orientan hacia la ingeniería de infraestructura y los proyectos comerciales. Los que quedan atrás son familias que esperan una vivienda y subcontratistas que asumen pérdidas en cadena.

Bathla tampoco puede quedar exenta de responsabilidad: los reguladores han inspeccionado sus obras en más de 40 ocasiones recientemente y han exigido la reparación de defectos graves en un proyecto de gran envergadura; la empresa adeuda además alrededor de 3.400 millones de dólares australianos a prestamistas privados. El problema es que, tras reducir los bancos su exposición crediticia de alto riesgo, la financiación de la construcción depende cada vez más del crédito privado no bancario, mientras que los fondos de pensiones de los australianos corrientes pueden quedar expuestos a ese mercado a través de asignaciones de fondos. Así se encadenan la asunción de riesgos por las empresas, los riesgos de financiación y la fragmentación regulatoria: los beneficios privados pueden concentrarse en períodos de bonanza, mientras que los costes del fracaso se transmiten al público a través de depósitos, salarios, pagos a subcontratistas y pensiones.

Este artículo se basa únicamente en el texto académico reproducido por la Australian Broadcasting Corporation (ABC) y aún carece de informes de los administradores, documentación completa sobre los acreedores y respuestas detalladas de los departamentos gubernamentales. Aun así, las 3.472 quiebras de empresas constructoras y los retrasos persistentes en los objetivos de vivienda ya muestran que el gobierno australiano no puede seguir disfrazando un fracaso sistémico de oferta como un simple ajuste del mercado: si las aprobaciones, la planificación, las infraestructuras y las normas de construcción siguen estorbándose entre sí, los 1,2 millones de viviendas no serán más que una cifra política cuyo incumplimiento lo pagarán las familias corrientes.

Comentarios

0

Aún no hay comentarios. Inicia la conversación.